
Hay una enfermedad sin nombre…, se extiende como un manto invisible sobre
los rostros y las manos. Quizás llegáramos a tenerla en consideración bajo
una palabra que la defina…, pero, no hay palabra posible para ella… aunque
muchos son los eufemismos que le preceden. La enfermedad de *la falta de
estímulos reales* y sobre esa idea gestiono posibles nombres que hagan
justicia a un problema tan extendido. Pero es un problema invisible a
nosotros… a no ser, que uno, se permita el lujo de coger la salida de
socorro adecuada para buscar la verdad de nuestros deseos.
La salida de socorro de la que hablo no es una puerta dorada acicalada de
flores silvestres. No es un paisaje de Walt Disney, no es un beso ardiente,
ni un recuerdo, es una salida nunca vivida. Jamás sentida y por eso, es tan
difícil atisbarla y reconocerla. La salida de socorro se encuentra en
nuestro interior, en algún lugar… precedida de un camino que nunca hemos
querido coger, y que a menudo hemos evitado transitar cuando nos ha sido
descubierto. Es el camino del dolor. Pintado en nuestra imaginación como una
vereda sombría y fría. Un camino de soledad y lágrimas corrosivas. Un camino
de incomprensión, de sueños ajados, de esperanzas rotas, de marchitados
pensamientos infantiles. Cadáveres de niños a cada lado, antiguos amigos,
amores muertos con insolentes sonrisas de calavera, vergüenzas propias y
vergüenzas ajenas. Un camino de prisas sin causa, de revoluciones
descartadas…, en fin…, lo que podría haber sido un jardín aromático y
hermoso, se ha ido convirtiendo, sin proponérnoslo en un desierto de huesos
y muerte.
Desechar tener en consideración esta parte de nosotros, que nos fue vendida
desde que nacimos, provoca que perdamos el sentido de lo que hacemos y lo
que sentimos. Provoca la ausencia de estímulos reales. Un sendero que fue
creado y gestionado por otras manos que manipularon nuestros impulsos y
nuestros deseos. Que nos coartaron y nos indujeron a la vergüenza y al
miedo. Vendimos nuestra alma a cambio de un poco de atención, nuestro
espíritu fue mutilado por defender nuestras carencias, pagamos el rescate de
nuestra soledad con sangre propia y nos defendimos de la incomprensión con
la servicialidad. Nos hicieron creer que estamos creados para complacer al
otro. Cuando nuestras lágrimas ponen triste a mamá, cuando nuestros gritos
desesperan a papá, cuando nuestra rabia ofusca al hermano, cuando nuestros
sueños oprimen la seguridad de nuestra pareja, cuando nuestro golpe con puño
cerrado sobre la mesa hace temblar los pilares de la casa… en definitiva,
cuando frenan un impulso, una semilla queda sembrada en nuestra cabeza. Va
cogiendo forma con los años y se convierte en pensamientos que nos acercan a
lo destructivo "no hagas esto" nos repetimos. "No digas lo otro"… y así
pasan los años callando. Hay opiniones excluidas con la gente más cercana,
hasta reventar de secretos mal pronunciados. Secretos mal llevados. Así
creemos que hemos de llevar las cosas, bajo la tutela de la precaución. No
vayamos a despertar a los demonios. No levantemos las piedras, porque podría
picarnos el escorpión. No molestes otros espíritus, que duermen y es mejor
que duerman, porque podrían malograrse si los despiertas. De fondo hay algo
en común en todos: ¡El miedo inducido en nuestra educación!. Un miedo que no
nos pertenece. Sólo son conflictos mal resueltos de nuestros antecesores.
Pero si aún disfrutas por bailar bajo la lluvia, al borde de un barranco,
entonces hay esperanza.
La carcajada que sucede a las lágrimas, es la más sentida de nuestra vida.
Eso es un estímulo real.
A menudo, oímos a la gente quejándose y lamentándose. Desde una simple
molestia banal hasta el sentimiento más sórdido y triste. Desde una estafa
bancaria, hasta la muerte de un ser querido. Y sin embargo, estos relatos,
no llegan a nosotros, por más que los escuchemos una y otra vez. Por más que
se repitan a nuestro alrededor. Las personas, optamos, por relatar nuestras
desgracias, como quien presenta un telediario. Y en la cabeza del receptor,
no queda más que el recuerdo liviano de una historia que nada tenía que ver
con él, que se le hacía tan ajena, como ajena era la intención de hacerla
llegar del que la estaba explicando. Hemos convertido el dolor en
sufrimiento, para no encararnos con él. La gente sufre, sufre de por vida.
Ahondando en su fuero interno ese jardín yermo. Lloran en secreto lo que les
fue robado. Y es tal la vergüenza que sienten, que disimulan ahogando ese
terrible sentimiento en sensaciones no reales. En estímulos inventados. Y
dejan que les vendan los placeres. Compran estímulos. Compran diversión.
Compran comodidad. Compran todo lo que puedan comprar hasta endeudarse.
Compran estímulos, porque ya no reconocen los suyos propios.
La salida de socorro de la que hablo, se encuentra en el centro del jardín
muerto. Justo en el centro del dolor. Allí donde uno grita con espuma en la
boca. Donde uno podría matar a sus padres o a su pareja sin ser juzgado.
Allí donde se arrastraría hasta sangrar por las rodillas detrás del amor
perdido. Donde suplicaríamos vulnerables y de cuerpo presente a la muerte
desbordados de desesperación. Allí donde el cuerpo se retuerce, se entumece
y se deforma hasta convertirse en el supuesto monstruo que no nos dejaron
ser. Allí donde uno violaría a la virgen y mataría a los dioses. Allí donde
uno se masturbaría bajo la tormenta jadeando cual animal eufórico. En medio
del dolor se acaba el sufrimiento. Se regenera el deseo real, se encuentra
el estímulo inicial. Tu cuerpo se convierte en tu amigo y en el cómplice
real de tus intenciones. En medio de la nada, te encuentras con tu todo. Sin
más perturbaciones externas que te hagan dudar de ti mismo. Sólo entonces,
comienzas a caminar libre. Saliendo del túnel, del jardín yermo, sin bagaje,
ni maletas pesadas y sabiendo lo que te espera fuera, porque sigue allí: el
placer barato, la madre muerta, la pareja ausente, las mentiras piadosas, la
vida y la muerte.
Existe, sí, pero ahora sabes que nada de eso te pertenece.
Convertir tu cuerpo en representante de tus emociones, es lo más complicado
en medio de esta estirada sociedad. Donde todo queremos hacerlo entender a
través de las palabras. Parece que gemir de desconsuelo sólo se nos permite
en los entierros. O gritar de rabia y disconformidad en un partido de
fútbol. O golpearnos contra otros para sentir nuestra fuerza (tan necesario)
sólo es posible en un concierto de heavy. Estímulos no del todo reales, pero
necesarios. Sacar esas emociones de los contextos preasignados significa ir
en contra de la sociedad. Lo más probable es que te metan en un psiquiátrico
si gritas en medio de un supermercado. Aunque haya una cola que desespere...
O que te inyecten balium por vena si revientas las sillas de la sala de
espera en urgencias tras horas sin atenderte. Es muy probable que te tachen
de loco si te declaras en público a una desconocida…
Puede parecer una locura, sí… pero, ¿por qué no intentarlo?. ¿Por qué no
otorgarse la oportunidad de vivir por un momento dejando de pensar qué les
parecerá a los demás lo que tu hagas?, ¿por qué no observar en qué medida y
cómo afecta al resto tu impulso real?... Podéis creerme…, el resultado es...
¡sorprendente!. Y un regalo que te haces a ti mismo y sin duda y por
experiencia, un regalo que le haces a los demás.
Por Newtaos
Etiquetas: SALIDA, DE, SOCORRO, newtaos