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Idiotas útiles

Idiotas útiles Idiotas útiles
Iury Lech
Rebelión
El término “idiota útil”, acuñado por Lenin, se utilizó asiduamente durante la Guerra Fría para designar a todos aquellos que de forma voluntaria cooperaban internacionalmente con la utopía del comunismo para convertirlo en el más genuino experimento social de la historia. Por desgracia, también sirvió de bestial coartada a muchas dictaduras para deshacerse de los ciudadanos molestos que pensaban o actuaban en la “dirección equivocada”. Desde la época socrática nuestra civilización ha llevado a cabo sistemáticamente la práctica de excluir o suprimir a aquellos sospechosos de inspirar ideas divergentes con lo políticamente correcto. En la actualidad, como si llevados por una especie de maleficio colectivo, hemos desembocado en un paisaje abrumador y descalabrado, con la salvedad de que los idiotas útiles actuales se encuentran favoreciendo al bando opuesto, el de los que se inventan falacias sobre armas de destrucción masiva ajenas mientras amparan las propias, fomentan las guerras preventivas y el choque de civilizaciones en base a dividendos espurios, o boicotean todo intento de conseguir mediante el diálogo la paz entre los pueblos. Es descorazonador comprobar como la nación que se construyó como baluarte de la libertad ha traicionado los principios básicos de la democracia, inoculando como modelo de convivencia planetario dosis masivas de manipulación, desinformación, corrupción, despotismo, inseguridad, destrucción, y va camino de atrincherarse en un desquiciado bucle de irracionalidad y paranoia. No solo no ha aprendido de los errores del pasado, sino que como en las fases agudas de demencia, la administración estadounidense insiste una y otra vez en aplicar la misma solución equivocada esperando un desenlace diferente, actitud que referida a la virulenta situación geopolítica de Medio Oriente a raíz de su intervencionismo militar tiene una lectura de consecuencias catastróficas. Los sistemas políticos occidentales revelan estar cautivos de grupos de presión que utilizan los recursos del neoliberalismo para encubrir toda clase de desafueros que abarcan desde el menosprecio por los derechos humanos hasta la apología de los delitos ecológicos. Vivimos en un momento de obscura transición, en la fase dolorosa de la recuperación de una fractura total de los valores, ya que sin poder deshacernos de los despojos del pasado no hemos conseguido crear todavía mecanismos para alcanzar una sociedad reciclada, libre de los convencionalismos del significado, que se preocupa por solventar las omisiones, lo suprimido, lo enajenado. El ciudadano está desprotegido no ya de los delitos menores sino del crimen organizado instalado en el centro de inescrupulosos Estados que alientan la generación de nuevos idiotas útiles, con lo que se ha alcanzado un alto grado de cainización de la vida pública cotidiana. Cualquiera está expuesto en cualquier lugar a ser espiado, amenazado, torturado, secuestrado. Se ha quebrantado la piedra fundacional del progreso: el respeto por la vida. Aquellos que debían dar ejemplo de ello son los que una y otra vez infringen las leyes básicas del humanismo; EEUU con su ilícita e insensata cruzada contra el Islam, Rusia con sus salvajes métodos para reducir los focos nacionalistas internos, Israel con su táctica de tierra quemada. Todos aducen que su intención es combatir el terrorismo cuando lo que en realidad consiguen es diseminar sus principios entre los desamparados de la tierra que esperan una oportunidad para hacer sentir su ahogada voz, así como incentivar la proliferación de organizaciones parainstitucionales, que surgen en contrarréplica a la apatía de quienes deberían velar por las igualdades nacionales e internacionales.

El nuevo idiota útil cree que todo aquel que defiende su casa, su familia, sus tierras, su lengua, su economía, su religión, en una palabra, los principios de su idiosincrasia y cultura, es un terrorista, pero no aplica el mismo rasero con los que desde la privilegiada y pertrechada fortaleza del poder fáctico, en vez de administrar, atentan brutal e impunemente contra la propiedad personal. El idiota útil considera que la escalada deshumanizadora y el descontrol iniciado por ciertos burócratas fanáticos, erigidos por divinas providencias en promotores de la limpieza de las calderas de Pedro Botero, es un fin necesario, pero luego esconde la cabeza como el avestruz para no tener que ver y responder del resultado devastador de sus maquinaciones desestabilizadoras, culpando al oponente del estado de las cosas. El idiota útil esgrime de modo maniqueo las nociones del bien y el mal para justificar a ultranza posicionamientos neocoloniales o extremistas y defender los intereses soterrados de unas minorías que harán todo lo posible por no ceder un ápice del poder que conquistaron de forma incierta. El idiota útil cree ciegamente en la perversión semántica promulgada por los artificieros del lenguaje demagógico, sumidos en la perpetua intoxicación mediática que falsifica la realidad mediante historias de odio y rencor con las que fomentar la desmemoria colectiva. El idiota útil simula ser un político, intelectual o periodista demócrata, pero en realidad trabaja al servicio de turbios grupos de presión y agencias de inteligencia, cuyo único objetivo es hacer cumplir, cueste lo que cueste y caiga quien caiga, los dictámenes de sus omnipotentes amos. El idiota útil se manifiesta por las calles de las grandes urbes no para apoyar lo que el pueblo votó pacífica y legítimamente en las urnas sino para pervertir la voluntad popular e instigar micro-golpes de estado. El idiota útil no es capaz de ver la diferencia entre lo ecuménico con lo hegemónico y su contumaz idiocia es equivalente a su intolerancia fundamentalista. El idiota útil se niega obstinadamente a comprender que “los intercambios son guerras pacíficamente resueltas y que las guerras son el resultado de transacciones desafortunadas”, tal como definió el antropólogo Lévi-Strauss la inflexibilidad imperialista. En definitiva, un idiota útil enmaraña las definiciones de Weltschmerz, el dolor del idealismo juvenil ante la corrupción del mundo, y Schadenfreude, el placer ante la desgracia ajena, y apoya a facciones políticas y gobiernos de perfil ultraconservador y autoritario que confunden oposición con demolición y parecen no concebir que la prioridad es evitar, sin distinciones, el sufrimiento -provocado mayormente por sus erróneas ingerencias unilaterales- de todos los habitantes del planeta.
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